Epilogo (y lo demás no existe)

martes, 24 de febrero de 2015

EPILOGO.

2 años despues.

Miles tenia su primer día de colegio. Ese día todo nos salio al revés. Por alguna razón la noche anterior nos quedamos jugando en la Play Station hasta que Miles se quedó dormido con todo y control en la mano, al momento de apagar la consola noté que eran las 11 pm, pero como llevábamos un mes adaptándonos a una nueva zona horaria asumí que con colocar la alarma a las 5 am podríamos alistarnos e irnos sin problemas.

- Lou, Lou – me dijo Miles tratando de levantar su vocecita infantil para que le prestara atención.
- Anda a dormir, Miles, mañana hay que madrugar – le dije con voz pastosa dándole la espalda para seguir durmiendo.
- Lou, Lou, ya salio el sol, y quiero ir a la escuela – me insistió Miles haciendo que abriera los ojos y mirara por instinto el reloj digital que había sobre la mesa de noche. Eran las 6:15 de la mañana, Miles entraba a las 7 am a su primer día de clases y el colegio estaba a media hora de nuestro apartamento.
- ¡Mierda! – exclame y me levanté de un salto de la cama, caminé rápidamente hasta donde estaba Miles mirándome con gracia y lo llevé en brazos hasta el baño, debía alistarlo y darle desayuno en menos de 15 minutos.

Dejé que se bañara por su cuenta, esperando que al menos pudiera quitarse de los brazos los rastros de tempera que había usado el día anterior mientras se distraía pintando. Mientras tanto tomé el traje de paño que recién había comprado y lo puse sobre la cama, aparte de ser el primer día de colegio de Miles, era mi primer día como profesor universitario, y todo estaba saliendo mal, muy mal.

- ¡Lou no encuentro mis zapatos!  - me gritó Miles desde su habitación, corrí a hasta él para ayudarle a buscarlos y después de una infructuosa búsqueda recordé que los había puesto en la cocina para poder limpiarlos y lustrarlos.

Como pudimos desayunamos un poco de cereal y una porción de fruta, Mientras Miles se ponía sus zapatos yo me arreglé y guardé todas mis notas de clase el día de hoy. Aunque si arreglarse significa salir con tu corbata guardada en un bolsillo del pantalón, tu camisa formal completamente desordenada y el saco de paño colgando de un costado de tu maleta pues perfectamente podría ser imagen de Versage.

Cargué la maleta y la lonchera de Miles, revisé que todo hubiera quedado en orden en el apartamento y que nada se hubiera quedado y salimos como alma que lleva el diablo al nuevo colegio de Miles.

Cualquiera que nos viera en la calle podría reírse, yo estaba trotando para ganar tiempo y el pequeño de Miles prácticamente daba saltos para seguir mi paso, sin embargo, cada tanto se quejaba que podía caminar a medias, no le presté atención y dejé que se las apañara solo. Cada tanto me giraba para poder verificar si un taxi libre podría llevarnos más rápido hasta el colegio, pero todos pasaban llenos o decían cosas como “debo entregarle el taxi a mi jefe” o “por allá yo no paso”, al llevar unas 10 cuadras de camino por fin un taxi se detuvo y se dignó a llevarnos hasta el colegio.

Dentro del taxi tuve tiempo para poder arreglar mejor a Miles, se había puesto los zapatos al revés y por eso se quejaba tanto mientras caminábamos, también tenía el buso del uniforme mal puesto y además no se había quitado por completo la tempera de las manos. Como pude le arreglé los zapatos, el buso y le limpié las manos. Miles solo me miraba como si fuera la cosa más graciosa del mundo.

- Tambien pareces un niño pequeño – comentó haciendo que hasta el taxista mirara divertido por el espejo retrovisor.
- ¿Su esposa se va trabajar temprano y le deja todo el lío a usted solo? – me preguntó el taxista sin despegar la vista del camino.
- No, no tengo esposa – le comenté  mientras me acomodaba la camisa y la corbata – soy padre soltero.
- Oh, una muchacha alegre – dijo jocosamente el taxista – son muy pocos los hombres que asumen una responsabilidad así.
- No, no era ninguna muchacha – le aclaré – era mi novio, falleció hace 2 años.
- Oh – se excusó el taxista notablemente incomodo por la confesión y por la situación – lo siento mucho.
- No se preocupe, es algo que muchos confunden – finalicé colocándome bien la chaqueta de paño.

Durante el resto del trayecto me dediqué a darle consejos varios a Miles, al contrario de muchos niños él estaba completamente emocionado por estudiar, aunque reconocía que le costaría trabajo adaptarse a 15 niños más hablando un idioma que no conocía bien.

- Yo se que tu no te dejaras ganar del español – le dije sonando como un papá comprensivo y le revolví los cabellos.
- Señor, ya estamos en el colegio, no nos dejan ingresar, tienen que seguir caminando – anunció el taxista y le pagué sin mayores complicaciones el valor de la carrera para luego bajar del taxi con mi hijo.

Revisé la hora en el celular y de alguna manera faltaban 5 minutos para que Miles iniciara clases, así que al notar que había pasado de la emoción al nerviosismo dediqué ese tiempo para darle otros consejos.

- Te va ir bien hoy – le dije arrodillándome para ponerse a su altura – eres una personita excepcional, disfruta de todo esto.
- Cuando entré al jardín de niños mi mamá no me dijo nada de eso – me dijo Miles con tristeza bajando la cabeza.
- No, aunque no lo haya dicho sé que ella… - miré hacia otro lado tratando de contener la nostalgia – todos estamos orgullosos de ti.
- ¿Hasta Harry? – preguntó Miles con inocencia. Lo atraje hacia mí y lo abracé, no quería que me viera triste en su primer día de clases.
- Si, él más que todos, eh – le dije observando como el pequeño sonreía con más ánimo. Le entregue su maleta y su lonchera y se levantó – Vamos, ya debes entrar a tu clase.

Miles buscó mi mano y la tomó con fuerza, su lenguaje corporal delataba cuan asustado estaba de estudiar, pero yo no pretendía dejarlo solo, no quería que otra persona pasara por las mismas cosas que yo pasé, de alguna manera le haría saber que me tendría para lo que quisiera, no como su padre adoptivo sino como un amigo y un buen consejero, algo que nunca pude tener por completo.

Una profesora muy buena gente recibió a Miles y me dijo que no me preocupara, me despedí de Miles y lo vi alejarse de la mano de su nueva profesora. Sentí ganas de llorar, aun no comprendía muy bien el peso de todas esas decisiones y como me iban afectar en un futuro, pero, en medio de la tristeza que muchas veces solía atacarme esos pequeños detalles me hacían seguir adelante, si antes no quería tener una razón para permanecer ahora esa razón se alejaba tímidamente a su salón de clase.

Una de las ventajas de haber aceptado el puesto como profesor en una de las mejores universidades de Bogotá, era la posibilidad que los hijos de los funcionarios pudieran estudiar dentro de las instalaciones de la misma, y Miles había conseguido un cupo a pesar de no poder hablar muy bien español. Por mi parte yo debía dictar 2 materias diferentes que utilicé por largo tiempo en mi trabajo en Nueva York, tampoco tenía mayor problema con el idioma así que para la persona que me entrevistó resultaba perfecto para el cargo.

Mi primera clase comenzaba a las 9 am así que me tomé un tiempo para recorrer el lugar que por 6 meses prácticamente fue mi hogar, y como todo hogar siempre tuve la esperanza que él alguna vez pudiera conocerlo a mi lado, pero no, esas ideas ahora solo formaban parte de un pasado inconcluso.

Muchas veces le comenté sobre cierto sitio donde solía pasar gran parte del tiempo ya fuera durmiendo, o hablando con otras personas o simplemente descansando, de manera que si mi memoria no me traicionaba debía permanecer intacto o por lo menos no tan modificado como el resto del campus. Demoré unos 15 minutos en llegar hasta el sitio que para mí fortuna permanecía tal cual como lo había visto la última vez que lo visité, sin dudarlo dos veces me senté en ese pequeño espacio verde que me permitía observar cientos de figuras proyectadas por los largos y antiguos árboles que se erguían en el sitio y solté una gran suspiro que tenía oprimido en el pecho.

De verdad deseaba que compartiera ese momento conmigo. De verdad quería que supiera todo lo que había pasado desde el momento que se fue. Como había crecido Miles, como había crecido yo, pero solo podía conformarme con palabras vagas por parte de otras personas, ellas nunca comprenderían que tan duro es para mí tratar de cerrar ese capítulo y dar vuelta a la página.

Puse el reproductor de manera aleatoria en mi celular para que me hiciera compañía mientras le daba una última repasada a lo que dictaría en mi primera clase, el tiempo pasaba lento y no es que la música ayudara mucho que digamos.

Salté una canción. Y otra. Y otra. Y otras más que no me apetecía escuchar en ese momento, de pronto unos inconfundibles acordes se atravesaron en el reproductor haciendo que por instante olvidara como respirar. Estaba sonando la primera y única canción que le canté a viva voz, esa que había sido el inicio de toda esta locura que me tenía bajo un árbol.

Curiosamente esa canción no me ponía triste como tantas otras, simplemente me hacía recordar buenos momentos, los mejores tal vez. Deje que la canción me acompañara mientras leía mis notas, eso era buen presagio.

- Estoy buscando melodías para tener como llamarte…- susurré mientras pasaba a la segunda página de mis notas, la voz de Silvio Rodríguez me brindaba una paz que pensé perdida y eso me agradaba.

Una media hora después terminé de repasar mis notas de clase y me dirigí a mi salón de clase, los estudiantes no parecían pasar del tercer semestre e igualmente ignoraron mi presencia hasta que destapé el marcador de tablero y anoté en él “GEOESTADISTICA GRUPO 61”, todos los muchachos se acomodaron en su puesto y se me quedaron mirando atentamente, seguramente habían pensado que era un estudiante más.

- Buenos días – saludé tratando de tener un acento neutro, esperando que mi oxidado español no me jugara una mala pasada – mi nombre es Louis Tomlinson, geólogo del MIT, hice un pequeño intercambio en esta universidad y estoy a puertas de iniciar mi maestría, que afortunadamente realizaré aquí – pausé mi presentación para ver la cara de desconcierto de quienes serían mis estudiantes, sonreí para mis adentros porque así fue como yo me sentí la primera vez que recibí una clase como estudiante de geología – sé que esto es molesto, pero me gustaría conocer sus nombres y porque tomaron esta materia, que tengo entendido no es obligatoria para algunos de ustedes.

Las caras de molestia se evidenciaron, a muy pocos les gustaba presentarse, incluso fue algo que yo siempre detesté, y ahora que estaba al otro lado de la situación me divertía y avergonzaba saber que actuaba así. Se presentaron muchos Carlos, Andres, Anas, Lauras, una que otra Sofia, Saras, muchos estudiantes que no tenían algún signo en particular para poder lograr recordar sus nombres. Cuando estaba a punto de presentarse la última persona tuve que llamarle la atención para que lo hiciera.

- Comprendo que leer es muy importante para crecer en la vida, pero de verdad necesito conocer quiénes son mis alumnos – le dije amablemente a una chica que estaba totalmente distraída leyendo un libro – puedes dejarme ver que estás leyendo…

La chica se sintió aludida y cerró el libro inmediatamente y se lo entregó. Mi primera reacción fue arquear las cejas al leer el titulo era “La Tregua” de Mario Bennedetti, parecía que muchas cosas me  estaban persiguiendo y no pretendían dejarme avanzar.

- Buen libro – comentó Louis entregándoselo – Solo una advertencia… eh… - dudé queriendo saber el nombre de esa estudiante - ¿tu nombre es?
- Mariana.
- Ok, Mariana, no te tomes muy en serio ese libro -  le advirtió regresando a su escritorio – es bastante perjudicial si lo haces.

La pobre muchacha quedo perpleja ante mi respuesta y durante el resto de la clase no quiso leer más el libro. Lo noté mientras explicaba el contenido de mi curso y les comentaba una que otra anécdota sobre mi estadía en el intercambio. 15 minutos antes de terminar la clase mis estudiantes tuvieron un pequeño trabajo en grupo de conceptos básicos de estadística, eso me permitió observarlos y conocerlos un poco más, era un grupo de personas donde estaban todas las personalidades y todas las formas de pensar, y yo alguna vez estuve ahí mismo teniendo la misma curiosidad por aprender, la misma pereza cuando el tema me parecía muy aburrido o ya lo había estudiado en el MIT, las mismas ganas de que terminara la clase para poder salir a tomar un poco de aire o hacer cualquier cosa menos estudiar.

Y lo irónico de todo eso es que no lo hubiera vivido si nunca me hubiera dicho esa frase que hizo un cambio radical para mi vida “Estás convirtiéndote en lo que menos deseas”, ¿qué hubiera pasado si nunca me hubiera gritado de esa manera? Podría estar completamente hundido, en otro sitio del mundo, pidiendo y viviendo de las sobras que alguien más quería darme cuando se le daba la gana. Podría haber sido eso, lo que más detestaba.

Llegué a pensar que parte de mi proyecto de vida lo incluía por siempre, pero sólo hasta ese momento, mientras mis alumnos acudían para consultarme alguna duda, comprendí que no era necesaria la presencia física de alguien para sentirse completamente feliz.

Aun me quedaban sus enseñanzas, sus recuerdos, la manera en que siempre me animaba en medio de algún proyecto importante de la empresa, su peculiar manera en que me preparaba café ya fuera para poder dormir o para no tener que hacerlo, sus palabras de aliento, la forma en que me demostraba que me quería,  los pocos momentos que logró compartir con Miles y la forma desenfrenada en que quiso a ese pequeño que ni era nuestro. Podría listar mil o un millón de cosas, podría listar sus cualidades, sus defectos, sus fortalezas, sus debilidades y aun así todo lo quería, todo lo amaba de una forma equilibrada.

Sin saberlo Harry me abrió el camino al resto de mi vida, y le agradecería por siempre, por lo que me diera la vida para hacerlo.

Esa noche, después de haber pasado toda una tarde haciendo tareas con Miles para que el pequeño resultara completamente agotado a las  7 de la noche, fui hasta mi habitación y rebusqué un papel en un pequeño cajón de “cachivaches” que teníamos para guardar cuanta bobada significaba algo. Fue muy fácil encontrar ese papel, estaba doblado con prisa y no podía dar buena crítica sobre la caligrafía, ese papel era un poema que Harry transcribió para mí, aun imagino que lo último que quiso fue que cayera en mis manos así que mi última acción para él debía ser  deshacerme de ese papel.

Pero antes de ello, debía releerlo, mi estudiante Mariana me hizo recordar por medio de ese libro algo que quise mantener oculto e ignorar aunque fuera bastante obvio.

Última noción de Laura

Usted martín santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aún en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza.

usted martín santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
porque me estoy muriendo santomé

usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera
en esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme

usted martín santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando
la incógnita del miedo

no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así.

usted martín santomé no sabe
qué bien, que lindo dice
avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor

usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo

usted Martín Santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo

es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted

quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
santomé
no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted
martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma me estoy cayendo

usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da.

Tomé un encendedor y lentamente lo acerqué a una esquina de la hoja, observé por largo rato el proceso de combustión del papel. Ya era hora. Debía seguir, con o sin Harry Styles de mi lado.


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